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La Revista Agraria Nº 56 - Lima-Perú, julio 2004

Artículos:

 

No hay mal que por bien no venga:

La sequía en la vertiente occidental de los Andes ha obligado a reducir drásticamente el cultivo de arroz en varios valles de la costa norte; de Lambayeque y Piura, principalmente. En compensación, en algunas zonas de la vertiente oriental -en la llamada selva alta- las áreas arroceras se han ampliado, y posiblemente este desplazamiento llegue a satisfacer la demanda nacional del producto, evitando incrementar el volumen de arroz importado. 

Aunque la sequía y la consiguiente reducción de los arrozales coloca en verdadera emergencia a miles de familias de la costa norte, que directa o indirectamente dependen del cultivo de arroz, esta situación debería ser una oportunidad para que el Estado y los mismos productores inicien un plan para zonificar y reducir los arrozales en zonas no adecuadas para este cultivo.

El arroz es un cultivo que utiliza grandes volúmenes de agua, llegando a exigir hasta 15 mil metros cúbicos por hectárea. En la costa peruana, miles de millones de dólares se han invertido durante la segunda mitad del siglo pasado en inmensas obras de irrigación para mejorar la provisión de agua en algunos de sus valles importantes. Los cálculos sobre cuántas hectáreas de nuevas tierras podrían ganarse gracias a los volúmenes adicionales de agua, quedaron siempre por encima del área efectivamente ganada, siendo una de las razones principales de esto que muchas de esas áreas fueron -y siguen siendo- destinadas al arroz. Otros cultivos, menos 'sedientos', hubiesen permitido poner en producción mayores áreas.

El arroz es el cultivo para el mercado doméstico, más exitoso en el Perú: es uno de los que cubren mayor área -hasta 300 mil hectáreas en el 2002-, compromete a un elevado número de productores, deja mayores márgenes de utilidad y, en términos generales, somos autosuficientes con relación a él. También es el cultivo que, comparativamente, durante más tiempo se ha beneficiado del apoyo del Estado -por lo menos desde la década de los cuarenta-, ya a través de créditos subsidiados del antiguo Banco Agrario, de investigación y extensión técnica, de precios de refugio o de garantía, de mercados seguros, y de aranceles. Las dirigencias gremiales arroceras han sido y siguen siendo de las más capaces y con mayor capacidad de cabildeo. Bien puede decirse que, debido al apoyo recibido, el arroz se ha convertido en parte esencial e imprescindible de la dieta de los pobladores del país en las tres regiones naturales, contribuyendo, junto con el trigo, a desbancar a la papa y a cereales andinos como la quinua.

Pero además de utilizar demasiada agua en regiones con escasez de este recurso, el cultivo del arroz tiene efectos negativos sobre la fertilidad de los suelos, dado que contribuye a su salinización. Ello se debe tanto a la intensidad de los riegos como a los deficientes sistemas de drenaje. Hacia fines de los años setenta -última oportunidad en que se hicieron estudios en varios valles de la costa- se estimó que más de un tercio de las tierras de cultivo costeñas estaban salinizadas en grados variables, por el uso excesivo del agua. En el cuarto de siglo transcurrido desde entonces, ciertamente, los suelos salinizados se han extendido. Incluso, en los últimos años, en ciertas regiones norteñas se están sembrando dos campañas de arroz al año -algo supuestamente prohibido-, agravando notablemente el problema. Pero no son los arroceros los que deben cargar con la culpa.

Desde que el Estado se desentendió de sus responsabilidades con el agro y con el medio ambiente -a inicios de los noventa-, en una combinación de ingenuidad, estupidez y oportunismo neoliberales, la producción arrocera creció y ha ido organizándose en una cadena productiva pasablemente eficiente: el productor obtiene semillas (hay semilleros que han mejorado notablemente la calidad de las semillas), tiene financiada su actividad productiva, tiene mercado asegurado, y los molinos piladores son el pivote del sistema. Pero la eficiencia de esta 'cadena productiva' tiene su lado perverso, pues 'encadena' a los productores al arroz, al no haber otro cultivo que les permita acceder a créditos, insumos y mercado seguro. De modo que hay, actualmente, toda una maquinaria socioeconómica y administrativa que asegura que se siga sembrando arroz en la costa norte, aunque ello deteriore crecientemente la fertilidad de los suelos.

Obviamente, los agricultores no pueden romper ese círculo vicioso, aunque la situación sí debería ser explícitamente materia de discusión en sus gremios. Sólo una intervención decidida del Estado, directa o a través de estímulos a la iniciativa privada, puede permitir que los productores arroceros tengan otras opciones y que paulatinamente el arroz que el Perú necesita sea producido crecientemente en el oriente. La reducción de las áreas arroceras en la costa, debido a la sequía que ha caracterizado este año, es, sin duda, una mala noticia, pero podría convertirse en buena si el Estado mostrase responsabilidad y buenos reflejos e iniciase una política en serio para estimular el reemplazo de ese cultivo por otros más adecuados a la región.

 

Ing. Jorge Zúñiga: para salir del círculo 
El cultivo del arroz, por la forma en que se desarrolla en la costa peruana, bajo inundación, contribuye indudablemente a elevar la napa freática. Y si nuestros valles carecen de un sistema de drenaje adecuado, lógicamente, con el tiempo, lo que estamos haciendo es incrementar la presencia de sales en la superficie del suelo.

El problema no está tanto en el uso o abuso del cultivo, porque se ha comprobado que el arroz puede utilizarse para recuperar los suelos salinos, siempre que se cuente con sistema de drenaje. Lo que está claro es que en las partes bajas, donde no hay un sistema adecuado de drenaje, el arroz termina siendo un cultivo que incrementa la elevación de la napa freática; y como consecuencia, si después de ese cultivo no se hace otro distinto, se da el afloramiento de las sales.

¿Por qué no hay un adecuado sistema de drenaje, por ejemplo, en el ámbito del Proyecto Chancay-Lambayeque, donde se ha invertido mucho dinero en obras de infraestructura hidráulica? ¿De quién es la responsabilidad?

Bueno, nunca se concluyen los proyectos. Normalmente nos contentamos con hacer las obras grandes, las obras de cabecera, los trasvases, el almacenamiento y las líneas de conducción principal, y algunos sistemas de drenaje que son los colectores. Pero los colectores no actúan en toda el área; no basta con eso, sino que hay que ingresar, de ser necesario, a nivel de cada predio. Eso no es barato; es caro. Y hemos estado atravesando una crisis en el agro; entonces, no hay forma de conseguir dinero para que los productores puedan hacer las mejoras en sus predios, incluyendo la parte de drenaje. Es una inversión a nivel de parcela, que el Estado podría dejar de hacer en la medida que los productores tengan cultivos que les rindan económicamente y a la vez les permitan hacer una inversión para mejorar sus suelos. El productor tiene que considerar que esa tierra es de su propiedad y tiene que conservarla, y para esa conservación se requiere de un programa integral que incluya el drenaje y la sustitución del arroz por otros cultivos.

¿Como cuáles? 

Se ha probado con girasol, con buenos resultados (ver recuadro); y el otro cultivo, no resistente, pero sí tolerante a las sales, es el algodón. Piura siempre fue algodonero, aunque hoy es arrocero, y en Lambayeque se han llegado a instalar hasta 15 mil hectáreas de algodón; hoy no hay casi nada, todo es arroz, porque el productor no ve alternativa de mercado. Entonces, se requiere que los productores integren una cadena que les permita sembrar y vender, además de tener la protección del distrito de riego y de su junta de usuarios para que el agua, adecuadamente administrada, no lo afecte. Eso es lo importante: que existan las condiciones para que todos los insumos para la producción estén dirigidos a motivar un cambio hacia los cultivos que ya se conocen.

 

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